Comunicación

El poder se basa en el control de la comunicación y la información

He iniciado una nueva lectura, Comunicación y poder, de Manuel Castells, publicado por Alianza Editorial meses atrás. La obertura contiene unos primeros comentarios que hacen muy prometedora la lectura.

Les invitó a leer este fragmento:

Tenía diceciocho años. Mi deseo de libertad chocaba contra el muro que el dictador había erigido alrededor de la vida. La mía y la de todos los demás. Escribí un artículo en la revista de la Facultad de Derecho y la cerraron. Actué en Calígula de Camus y acusaron a nuestro grupo de teatro de fomentar la homosexualidad. Si sintonizaba la BBC para escuchar otra versión de las cosas, no se oía nada por las interferencias radiofónicas. Cuando quería leer Freud debía acudir a la única biblioteca de Barcelona que tenía sus libros y rellenar un formulario explicando mis motivos. De Marx, Sartre o Bakunin mejor olvidarse. A no ser que viajara en autobús a Toulouse y escondiera los libros en la frontera arriesgándome a no se sabe qué si me cogían pasando propaganda subversiva. Así que decidí enfrentarme a aquel estúpido y asfixiante régimen franquista y me uní a la resistencia clandestina. Por aquel entonces la resistencia de la Universitat de Barcelona la componían unas cuantas docenas de estudiantes, ya que la represión policial había diezmado a la antigua oposición democrática y la nueva generación nacida tras la Guerra Civil apenas entraba en la edad adulta. Sin embargo, la intensidad de nuestra repulsa y la promesa de nuestra esperanza nos daban fuerza para participar en una desigual lucha.

Y allí estaba yo, en la oscuridad de un cine de un barrio obrero preparado para despertar las conciencias de las masas rompiendo los muros de aislamiento en los que estaban confinados, o eso creía yo. Tenía un puñado de panfletos en la mano. Apenas se podían leer, ya que estaban impresos en una primitiva multicopista empapada de tinta malva que era el único medio de comunicación que teníamos en un país sofocado por la censura (un tío mío coronel tenía un cómodo trabajo de censor que consistía en leer todo tipo de libros —él también era escritor— y además en ver todas las películas eróticas para decidir qué cortar para el público y qué guardarse para él y sus colegas de la Iglesia y el ejército). Así que decidí compensar la colaboración de mi familia con las fuerzas de la tinieblas repartiendo unas cuantas hojas a los obreros para descubrirles que sus vidas eran realmente malas (como si no lo supieran) y convocarles a la acción contra la dictadura, sin perder de vista la derrota futura del capitalismo, la raíz de todo mal. La idea era dejar los panfletos en los asientos vacíos cuando saliera de la sala de forma que al final de la sesión, al encenderse las luces, los espectadores recogieran el mensaje, el audaz mensaje de la resistencia que les daría esperanzas para unirse a la lucha por la democracia. Esa noche entré en siete cines, yendo a locales alejados en otras madrigueras de trabajadores para evitar que me detectaran. Esta estrategia de comunicación tan inocente no era un juego de niños, ya que, de cogerme, no me libraría de una paliza de la policía y probablemente de ir a la cárcel, como les sucedió a varios amigos. Por supuesto, disfrutábamos con nuestras proezas al tiempo que tratábamos de eludir el peligro. Cuando terminé la acción revolucionaria del día (una de las muchas hasta que tuve que exiliarme a París dos años después), llamé a mi novia muy ufano, pues sentía que las palabras que había transmitido podrían cambiar algunas mentes que finalmente cambiarían el mundo. Entonces no sabía muchas cosas. Tampoco es que hoy sepa mucho más. Pero entonces no sabía que el mensaje sólo es eficaz si el receptor está dispuesto a recibirlo (la mayoría no lo estaba) y si se puede identificar el mensajero y éste es de fiar. El Front Obrer de Catalunya (en el que el 95% éramos estudiantes) no era una marca tan seria como los comunistas, los socialistas, los nacionalistas catalanes ni ninguno de los partidos clásicos precisamente porque queríamos ser diferentes, buscábamos nuestra identidad como generación de posguerra. Por eso dudo que mi contribución real a la democracia española estuviera a la altura de mis expectativas. Sin embargo, el cambio social y político siempre se ha llevado a cabo en todas partes y en todas las épocas a partir de miles de acciones gratuitas y en ocasiones tan inútilmente heroicas (desde luego no las mías) que no guardan proporción con su eficacia. Gotas de una lluvia incesante de lucha y sacrificio que termina inundando los bastiones de la opresión si los muros de incomunicación entre soledades paralelas empiezan a resquebrajarse y los espectadores se convierten en actores. Después de todo, por ingenuas que fueran mis esperanzas revolucionarias, algo de razón tenía. ¿Por qué habría de cerrar el régimen cualquier canal de comunicación que quedara fuera de su control si la censura no hubiera sido fundamental para la perpetuación de su poder? ¿Por qué los ministerios de Educación —los de entonces y los de ahora— encargan los libros de historia y, en algunos países, se aseguran de que los dioses (sólo los verdaderos) desciendan sobre la clase? ¿Por qué tenían que luchar los estudiantes por el derecho a la libertad de expresión; los sindicatos por el derecho a colocar su información en las empresas (antes en el tablón de anuncios y ahora en las páginas web); las mujeres para abrir librerías de mujeres; las naciones sometidas para comunicarse en su idioma; los disidentes soviéticos para repartir literatura Samizdat; los afroamericanos en Estados Unidos y los pueblos colonizados de todo el mundo para poder leer? Lo que entonces intuía, y ahora creo, es que el poder se basa en el control de la comunicación y la información, ya sea el macropoder del estado y de los grupos de comunicación o el micropoder de todo tipo de organizaciones. Por eso mi lucha por la libertad de comunicación, mi primitivo blog de tinta malva de la época, era realmente un acto de desafío, y los fascistas, desde su perspectiva, tenían motivos para intentar detenernos y encerrarnos para bloquear cualquier canal que conectara la mente individual con la colectiva. Poder es algo más que comunicación, y comunicación es algo más que poder. Pero el poder depende del control de la comunicación, al igual que el contrapoder depende de romper dicho control. Y la comunicación de masas, la comunicación que puede llegar a toda la sociedad, se conforma y gestiona mediante relaciones de poder enraizadas en el negocio de los medios de comunicación y en la política del estado. El poder de la comunicación está en el centro de la estructura y la dinámica social.

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