Activismo, Internet, Túnez

Túnez resuelve el dilema del dictador

 

Por Juan Varela (*)

“Podéis censurar. Podéis hackearnos. Pero no podéis pararnos para que dejemos de escribir”. La protesta de Lina Ben Mhenn, una bloguera tunecina, se oye en el ciberespacio de la revuelta en el país magrebí. Los ciudadanos, periodistas y ciberactivistas ya estaban acostumbrados a la censura en Túnez, pero en los últimos días les ha sorprendido el robo de su privacidad, de sus cuentas en Facebook y otras redes sociales para someter su rebelión.

Zine el Abidine Ben Ali, el derrocado dictador tunecino, se arrepentirá desde su exilio de Arabia Saudí de aquellos días de noviembre de 2005, cuando la Unión Internacional de Telecomunicaciones acordó en Túnez la Agenda para la Sociedad de la Información a favor del desarrollo y contra la brecha digital. Entonces el régimen abrió un poco la mano y pensó que los servicios secretos, como en tantos países autoritarios –y en algunos democráticos-, podían mantener el control del ciberespacio y la sociedad.

Pero el dilema del dictador sobre cómo beneficiarse de la economía global mientras se mantiene la dictadura política ha sido respondido por sus ciudadanos con la revuelta del último mes. Desde la inmolación de Mohamed_Bouazizi en protesta por la crisis económica y la falta de libertad.Una revuelta democrática ha podido con un dictador por primera vez desde la independencia de las naciones árabes. La intifada tunecina nada tiene que ver con las revoluciones nacionalistas y palaciegas de Egipto, Irak o Libia, ni con la islamista de Irán.

Uno de los países más desarrollados del Magreb gracias al apoyo europeo, norteamericano y de las grandes instituciones mundiales se ha levantado contra el autoritarismo con las preocupaciones de las sociedades postmodernas: el impacto de la crisis económica en un país con una población acostumbrada a un mayor nivel de vida que sus vecinos, secularizado desde su independencia y con acceso a las herramientas digitales ensalzadas en la agenda de 2005 y que son capaces de poner a los regímenes totalitarios contra las cuerdas.

A pesar de la censura permanente, tanto en los medios como en internet, el país más conectado del Magreb -34% de la población con acceso a internet y de ellos 1,8 millones (un 15,8%) usuarios de Facebook- ha empleado las redes sociales, los blogs, los vídeos en You Tube, los medios digitales y la televisión de noticias Al Jazeera para responder al dilema del dictador, la teoría enunciada por el analista de la todopoderosa Rand Corporation, Christopher Kedzie, para explicar el fracaso de los autoritarismos tras la caída del Muro de Berlín.

Los dictadores deben optar por mantener sus países cerrados y pobres para sostener su poder o dejar una apariencia de libertad y bienestar económico para mantener tranquila a la población. Con los medios de masas y lineales, el control es fácil;  pero con los nuevos medios y la información global 24 horas, ni la censura ni el hackeo de las cuentas de los activistas frenan las revoluciones. Mientras el bienestar no está amenazado, como en China, no hay problema, pero cuando el paraíso artificial se derrumba, como ha ocurrido con la crisis en Túnez, la “tarea del dictador: maximizar su poder y limitar la autonomía” de la sociedad, se resquebraja.

La diplomacia 2.0 lo sabe. Hillary Clinton lo dejó claro hace un año cuando enunció los principios de las libertades digitales para el siglo XXI. Defender y ampliar el “nuevo sistema nervioso de nuestro planeta” con las libertades de expresión, religiosa, para el desarrollo, del miedo y la libertad para conectarse a ese nuevo sistema global: “permitir a los individuos estar online, reunirse y cooperar en el nombre del progreso (…) para tener un gran impacto en la sociedad”.

Una declaración que los apóstoles de la participación y la colaboración, del crowsourcing y la web 2.0 firmarían gustosos.

Esa nueva diplomacia se extiende desde el Departamento de Estado y desde las grandes multinacionales norteamericanas como Google, Facebook, Yahoo, Twitter, Apple o Amazon. Potencias del control 2.0 con su dominio de gran parte de los contenidos y datos de personas, colectivos y empresas de todo el mundo. Ciberdiplomacia contra las ciberguerras entre empresas multinacionales y estados en el siglo XXI, como la de Google y China.

“No hay distinción entre censurar el discurso político o el comercial”, sentenció Clinton para defender el capitalismo global cuando la nueva industria del poder es la del conocimiento, la participación y la comunicación.

La ciberdiplomacia e internet no salvarán a los tunecinos. Como decía el líder comunista italiano Antonio Gramsci, una guerra se puede ganar rápido, pero la lucha política es lenta. Los poderes autoritarios mutan con rapidez, dedicados a pervivir en una nueva situación, pero los ciudadanos rebeldes deben vivir y trabajar cada día.

El liberador ciudadano tiene más deberes cotidianos y urgentes que el profesional dedicado a la represión.

Mientras teóricos e internautas discuten la influencia de los medios digitales en la revuelta, la realidad es que los tunecinos han aprovechado todos los medios a su alcance para informarse, coordinarse y crear un espacio público de libertad, el tejido de la democracia. Internet es también la vida real cuando parte importante de la población es digital y encuentra en la Red espacios de libertad y colaboración, como la Rand Corporation y el Departamento de Estado norteamericano defienden.

Lo duro comienza ahora. Cuando Facebook o Twitter no son suficiente para sostener la pesada carga de consolidar la rebelión, depurar tantos años de autoritarismo y formar una verdadera democracia.

(*) Juan Varela es periodista y consultor de medios. Este artículo apareció en La Estrella Digital

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