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"El castrismo mata en vida"


El cubano Fernando comparte con nuestros lectores la historia de sus años de sufrimiento ocasionados por un régimen obcecado con el control enfermizo de los ciudadanos, a los que se ha acostumbrado a tratar como a súbditos. Becado en Hungría en los años 1980, su carrera estudiantil terminaría bruscamente en 1986 cuando, con 23 años, un húngaro y una cubana -ambos informantes de la policía secreta- lo chivatearon soplando a las autoridades que había estado averiguando la manera de pasarse a la Europa occidental para no regresar a Cuba y que, además, era homosexual y vivía en Budapest con un hombre. Fue apartado de sus estudios, enviado de regreso -mediante engaños- a la Isla, donde pasó una semana detenido en el cuartel general de la policía secreta cubana, Villa Marista, donde recibió un trato vejatorio, castigado después a un entrenamiento militar de extrema dureza en una unidad cercana a La Habana y permanentemente vigilado para procurar su inserción en organizaciones de masas. Boicoteadas por el Partido Comunista y la Seguridad del Estado sus gestiones para conseguir un trabajo en su ámbito de formación, consiguió, al cabo de cuatro años, salir del país, al cual no ha regresado por una cuestión de principios. Húngaro de adopción reside actualmente en Barcelona.

Miles de cubanos estudiaron en países del bloque soviético durante el período en que Cuba, convertida en satélite comunista, mantuvo relaciones privilegiadas con la URSS. De esa experiencia hay, tras el paso de los años, historias de dolor acumuladas y probablemente no tan explicadas de lo que en realidad merecerían. Historias que, poco a poco, podrían ir saliendo del armario para convertirse en nuevos ejemplos de vidas que el castrismo convirtió en infiernos, los restos del sufrimiento en el que se construye la historia del comunismo caribeño, y ejemplo de cómo la historia pasa, como patas de elefante, por encima y en contra de la voluntad de los individuos.

No fueron necesarios años de cárcel o maltrato físico para que Fernando pueda considerarse hoy una víctima del castrismo. Las heridas permanecen, como aguijones molestos en el alma, imposibles de eliminar, una mortificación durante años ejercida por un sistema que anteponía el credo y la doctrina a la esencia del individuo. Informático matemático -con estudios cursados con resultados excelentes durante su beca en Hungría en los años 1980- hoy este cubano reside en Barcelona, ciudad en la que acabó tras un periplo iniciado en el Budapest socialista, que marcaría inevitablemente un antes y después en su vida.

Infancia y juventud dentro de la fe
De adolescente, Fernando vivía totalmente confiado en la visión del mundo que, desde todas las instituciones cubanas, se propagaba. “Evidentemente, con 14 años la visión que uno tiene del mundo es la que le transmiten los padres y la sociedad”. En Cuba, recuerda, la propaganda, como lo sigue siendo hoy, “era muy fuerte”. Como joven estudiante su impresión era que “el mundo estaba muy mal” y que Cuba y los países socialistas “iban por el camino correcto, eran el futuro”. Con los medios tomados por el gobierno no había posibilidad de contrastar esas creencias. “Habiendo ido a las escuelas de allí, con la ideología y sus lavados de cerebro, viniendo de una familia que creía en aquello y que además participaba muy activamente, yo también creía y pensaba que Hungría y el bloque oriental eran muy similares a Cuba”.

A los 17 años, Fernando pudo salir del país destino a Hungría para iniciar sus estudios universitarios. La llegada a uno de los países de la órbita soviética más abiertos en Europa causaría un impacto importante en la cosmovisión del joven cubano. “Vi cosas que se contradecían con Cuba: allí se podían tener pequeños negocios, los húngaros eran mucho más criticones, decían cosas por las que en Cuba ya ibas a la cárcel, podían viajar, obtener una cuota de divisas para gastar en Europa y occidente, había lotería, comerciales estatales en la televisión”. Una apertura que probablemente se explique por la Revolución húngara de 1956 contra el poder soviético, lo que habría dado paso a reformas económicas que se traducirían con una mayor libertad para los húngaros. “Tras la Revolución del 56 los soviéticos soltaron un poco, hubo más permisividad, permitiendo un poco de pequeña propiedad, establecieron una especie de competencia entre cooperativas estatales y aumentó la productividad de manera que, de pronto, se llenaron las tiendas”.

Este contexto hizo que la percepción que del mundo tenía Fernando fuera cambiando. Asimismo, el antisovietismo de los húngaros estaba a flor de piel y esa actitud caló en él. “Me atrevería a decir -explcia Fernando- que el partido comunista reinante en Hungría era antisoviético, no tenían más remedio que estar con ellos porque había más de 70.000 soldados soviéticos y no sé cuántas unidades militares soviéticas por todo el país controlando aquello, pero no les hacía ninguna gracia que los rusos estuvieran ahí. Esto era otra perspectiva para mí porque en Cuba eran los hermanos salvadores y al principio me chocó”.

El grupo de estudiantes cubanos en Budapest vivía en una residencia universitaria. Como medida de control, los jóvenes eran convocados frecuentemente a reuniones en la embajada cubana, y obligados a hacer guardias nocturnas esporádicas en las dependencias de la delegación diplomática junto a algún funcionario. Corrían mejor suerte que otros grupos de estudiantes de los que había de otros países, como Vietnam o Corea del Norte, al que los cubanos se referían como “el banco de peces” porque iban juntos a todos lados sin posibilidad de desmarcarse del grupo y con la prohibición de entrar en contacto con hermanos comunistas de otras latitudes. Fernando recuerda el caso de una estudiante vietnamita que fue devuelta a su país por echarse un novio cubano.

Pensando en la huida
Pocos meses antes de defender su tesis, Fernando empezó a preguntarse la manera de permanecer en Europa después de sus estudios. Allí tenía a su novio y el ambiente de mayor libertad había logrado que el joven se sintiera más realizado que en Cuba. Preguntó a su círculo de amistades húngaro la manera de pasar a Alemania. Un amigo le dijo que conocía a alguien que trabajaba en la embajada alemana y que había algunos diplomáticos que, previo pago de unos 10.000 marcos, pasaban a personas escondidas en el maletero de sus vehículos por la frontera con Austria. Su primera reacción fue de cierta incredulidad: “Si yo tuviera esa cantidad de dinero no estaría aquí, sino haciendo la vuelta al mundo en un yate”. Sus intenciones y esa frase fueron su condena. Luego la repetiría frente a un ex novio húngaro que había empezado a colaborar -sin que él lo supiera- con la policía secreta húngara. El hombre había tenido problemas con las autoridades por haberse acostado con menores, la policía secreta pactó hacer la vista gorda a sus perversiones a cambio de que realizara una labor de informante. Por otro lado, Fernando fue víctima de la traición de una cubana que contó a las autoridades de la embajada que no estaba viviendo en la residencia, sino que estaba residiendo con un hombre porque era homosexual.

La confluencia de estos dos chivatazos fueron una condena definitiva para el joven Fernando. Los hechos se precipitaron entonces y al cabo de pocas semanas fue embarcado en un avión rumbo a La Habana bajo la excusa de que algo había pasado en su familia por lo que se requería su presencia. Por la cabeza de Fernando pasaban las peores ideas. Tras una parada técnica en Canadá, un agente de la Seguridad del Estado quiso calmar al muchacho, visiblemente inquieto, por lo extraño de la situación y la incertidumbre. Fue entonces cuando le dijeron que lo mandaban de vuelta a Cuba porque sabían que había estado indagando la manera de pasar a la Alemania occidental y porque, además, conocían que vivía con un hombre y que era homosexual. Fernando defendió su postura y el agente de la Seguridad se sorprendió de su rebeldía. Luego le pidieron que les entregara una lista de los nombres y direcciones de los cubanos con los que se había relacionado íntimamente en sus viajes a Cuba y también otra con los nombres de los estudiantes cubanos gays que había en Hungría. “Apelé a mi vena de actor y me hice el sorprendido, les dije que pensaba que yo era el único”. De esta manera evitó chivatear a unos cuantos de su amigos que permanecían en Europa.

El paso por Villa Marista
En Cuba fue conducido a los calabozos de Villa Marista donde permaneció una semana encerrado en una celda en la que esperó los resultados de las pruebas del SIDA. “No me pegaron, el maltrato fue  psicológico, con amenazas, me humillaron haciéndome caminar desnudo desde un oficina a la celda, incluso cosas que ya considero perversas porque en la oficina del coronel me hicieron desnudar y abrir las piernas delante de dos personas, con el objetivo de humillarme y debilitarme”. Estuvo en una celda, con a penas luz, “todo estaba cerrado, te traían la comida en horas indistintas para que perdieras la noción del tiempo, de madrugada cada hora cogían y abrían la ventanilla y sonaba muchísimo porque era de metal, me despertaban para mantenerme en vela o nervioso”.

A la salida de Villa Marista le instaron a integrarse y a encontrar un trabajo pero le dificultaban que accediera a un puesto acorde con sus estudios. Como castigo, señala Fernando, querían verle trabajar en alguna ocupación bruta e incómoda. Como reservista fue a parar a unidad militar cerca de La Habana en la que estuvo con otras personas que habían tenido problemas con el régimen. Allí aprendió a manejar ametralladoras y cañones antiaéreos. Vivía con sus compañeros en barracas infestadas de ratas, cucarachas y mosquitos. Echando la mirada atrás, Fernando admite que esos años que pasó en Cuba desde su regreso hasta su nueva partida fueron “los cuatro años más infelices de mi vida”. El control y trato al que era sometido hizo que empezara a desarrollar reacciones psicosomáticas, con desmayos y taquicardias.

Todo esto marcó “un antes y un después” en la vida de Fernando. “Recuerdo que yo era un chico muy dinámico, rebosaba de autoconfianza y seguridad, en Hungría me había redescubierto y era feliz, allí descubrí mi sexualidad y hacía cosas que jamás había imaginado ser capaz de hacer, después que me pasó todo esto me convertí en otra persona, empecé a tener la seguridad en mí mismo por el suelo, empecé a tener todo tipo de reacciones psicosomáticas y problemas nerviosos que nunca antes había tenido y hasta la día de hoy los arrastro”.

Fernando consiguió casarse con una amiga húngara que viajó a la Isla, también logró diversas “liberaciones“, pero el gobierno le negaba el permiso de salida de la Isla. Acudió a la embajada húngara y fue esta la que envió una carta de protesta a las autoridades cubanas que facilitó su salida definitiva. Hoy Fernando vive en Barcelona, se opone al régimen de La Habana y sueña en una Cuba libre de totalitarismo. Para él el castrismo guarda muchas similitudes con el fascismo. Demanda una absoluta fidelidad al régimen pero no tiene ningún tipo de reparo en deshacerse de alguien cuando le conviene, a pesar de que sea inocente. Fernando recuerda el caso de su padrastro, fiel al castrismo, que “estuvo tres años preso, siendo inocente totalmente”. Eso, añade, “le destruyó por vida, desarrollando al salir de la cárcel tres enfermedades nerviosas -Parkinson, Alzheimer y una neuro-motórica- que lo tuvo en sus últimos diez años de vida postrado en una cama”.

“Las cosas de Stalin me recuerdan mucho a las de Fidel. Quizás Fidel no era de matar, pero sí de mandar a la gente a la cárcel provocándoles la muerte psicológica; lo que han hecho y siguen haciendo con la gente en Cuba es equiparable a eso, una muerte psicológica, porque después de pasarse diez años en la cárcel por algo que no han hecho y recibiendo todo tipo de malos tratos, al salir no te habrán quitado la vida, pero es como si te hubiesen matado en vida”.

Texto @joanantoni70 || Fotos: archivo personal Fernando

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