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Todos somos mentirosos

La última cena. Leonardo Da Vinci

La última cena. Leonardo Da Vinci

Por Héctor Abad Faciolince (Extracto de la novela El amanecer de un marido, Seix Barral, Barcelona, 2010)

Todos somos mentirosos, y sin embargo odiamos las mentiras. Las ajenas, claro. Y nos avergüenzan las propias, aunque solamente cuando nos descubren. Mientras nadie lo sepa, creemos que las mentiras propias son necesarias, simples actos de piedad para no provocar un dolor lacerante en los demás, o un inútil malestar, o porque nos parece que es preferible el silencio o la deformación de los hechos a la verdad descarnada. A las personas muy sinceras, casi sin darnos cuenta, las vamos relegando, las evitamos, y decimos (a veces con razón) que sufren de locura. Pero no somos coherentes, eso nunca. Cuando alguien nos pregunta, así sea de manera retórica, “¿Quieres saber la verdad?”, casi nadie contesta “No, no, no, miénteme, miénteme como un enfermo mental”. Casi todos, en cambio, decimos “Sí, sí, sí, dime la verdad, cuéntame la verdad, no me ocultes nada, dame todos los detalles, por escabrosos que sean”. Y aunque cada detalle sea un puñal que se nos clava en las entrañas, la hoja del cuchillo entra con suavidad, como aceitada, sin resistencia, casi con dulzura, por mucho que nos duela, y si nos preguntaran, “¿Quieres otra puñalada?”, diríamos que sí, que más, que no se detengan, porque nuestra sed de verdad no tiene límites, así como nuestra tendencia a ocultar la verdad, o a no saberla completamente, porque incluso una vez dicha u oída la verdad, nunca sabemos bien si ésa es toda la verdad, porque en una mínima parte callada de la verdad, u omitida por descuido, por pereza o por desidia, siempre creemos que podría estar la clave que le cambie el sentido a toda la supuesta verdad, y convertirla en mentira, o en verdad a medias, que es casi lo mismo.

Las verdades a veces se gritan, pero también se susurran, y las mentiras se pueden también decir a voz en cuello, o musitar con acento sincero, con una voz apoyada suavemente en la almohada, en el mullido respaldo de un sillón, y un oído cercano, muy cercano, oye esas palabras y no puede decidir si son verdad o son mentira, pues a veces uno quiere creer que es verdad, o que es mentira, según el caso, aquello que le dicen. Es cómodo confiar, y somos amigos de nuestros amigos porque nos sentimos cómodos con ellos, porque con ellos le abrimos más espacios al cedazo de la mentira, no colamos con tupidos filtros de desconfianza cada gesto, cada frase, y oímos sin prevención, confiados en que sea probable que no nos estén mintiendo, ingenuos y felices como niños y no incrédulos y atormentados como adultos que tienen experiencia de la vida. Lo más triste y bonito de los niños es su ingenuidad, la manera como la mentira se les mete adentro sin dudas, sin titubeos, sin dobles pensamientos. El Ratón Pérez, Papá Noel, el Ánima Sola, el ángel de la guarda, el Diablo, Mahoma, Cristo, Buda, Dios, el Big Bang, lo que sea. La mentira más grande, la más imposible, la más enorme, siempre se la creen, y por eso los niños son las primeras víctimas del lavado de cerebro religioso, ideológico, político, porque los niños tiene que creer, y si no creyeran cuanto les dicen sus padres, sus  mayores, sin cuestionarlo siquiera un instante, tal vez perecerían, porque los niños no deben descubrir inicialmente los motivos, las causas de lo que les dicen, sino sólo creer en lo que les dicen, confiar en los mayores, para sobrevivir, creer que no pueden pasar la calle sin mirar, que los desconocidos roban o violan o engañan, que el bosque es peligroso, que el río ahoga, que el fuego quema y las zarzas desgarran. Cuando los niños dejan de creer las mentiras o de creer incluso las verdades (y el momento coincide con el instante en que empiezan a decir mentiras o a darse cuenta de que no todo lo que inventan o imaginan es verdad), entonces también están dejando de ser niños, y adquieren un poder, el nuestro, que consiste en desconfiar, por un lado, y engañar, por el otro. Y cuando los adultos creen en mentiras, o las dicen torpemente, nos parecen pueriles, infantilizados por su ingenuidad de creer que nos pueden mentir así (“se miente más que se engaña”, dijo un poeta andaluz), o por su ingenuidad de creer en el embuste que se les dice.

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