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Dueños de vacas en Cuba siguen pagando impuestos aunque estén muertas

Foto: Fotocuba

Tener una vaca en Cuba no parece ser lo más provechoso del mundo, a pesar de la falta de carne en la Isla. El bloguero Henry Contastin relata en su blog el encuentro en un camión en el que viajó con el criador de una vaca muerta que era conducida al matadero y que al parecer viajaba junto a los otros ocupantes del vehículo. No había que matarla -pues ya estaba muerta-, pero según relató el dueño del animal, era preciso llevarla a ese sitio para obtener el certificado de defunción. De lo contrario, el criador se buscaba problemas y debía seguir entregando leche al Estado como si la bestia estuviera todavía viva. “Nos buscamos un problema, mijo. No nos dan el certificado de defunción del animal. Y sin ese papel hay que seguir entregando leche como si estuviera viva”, señala el criador al bloguero.

En el matadero el criador recibiría 90 pesos en total por una vaca de 700 libras, lo que equivale a 4 dólares USD, prácticamente lo mismo que el hombre invirtió en el viaje en el camión para llevar el cadáver de la vaca al matadero. El hombre se quejó además que una vez muerta tendrá que seguir haciendo papeleo y pagando impuestos al Estado y los funcionarios no le darán carne para su consumo: “Y después tengo que sacar más papeles del veterinario, y ponerle sellos, y pagar más. Yo soy el dueño de la vaca, pero tengo que darle cuentas al Estado de todo lo que hago con ella, hasta después de muerta”.

El bloguero señala que ” lo más duro no es la vaca propia que las leyes le obligan a regalar a los funcionarios del Estado, después de haberla criado por unos cuantos años, sin ayuda de ninguna empresa estatal, lo más grave no es ni siquiera que posiblemente los hijos de ese campesino tengan que almorzar cualquier menudencia y la madre esté baja de hemoglobina, mientras los afortunados funcionarios comen la misma carne pero ahorrándose el sol y las madrugadas, y otros reúnen y exhortan y regañan a los campesinos para que sigan trabajando, y otros vigilan para que todo siga peor.” Lo más duro, según Henry Constantin es que el hombre, a la pregunta de si pensaba protestar le respondió: “Ay mijo, ¿para qué?”

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